EEUU-Trump: La increíble ironía de terminar siendo un país bananero

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El termino sirvió para describir, despectivamente, a los países de institucionalidad dudosa con élites políticas hambrientas de poder y gobiernos totalmente corruptos. Cómo se aplica a la Administración Trump.

A comienzos del siglo XX, la ciencia política estadounidense, en pleno auge de la “Doctrina Monroe” y el “Destino Manifiesto” que comenzaba a acunar un naciente imperio industrializado que se consolidaría poco menos de 50 años después tras la II Guerra Mundial, acuñó el término “república bananera”, inicialmente aplicado a Honduras, para graficar a esos países monoproductores que eran manejados generalmente por dictaduras o plutocracias que reinaban sobre una inmensa masa de trabajadores y desempleados.

Con los años, el termino sirvió también para describir, despectivamente siempre, a aquellos países de institucionalidad dudosa con élites políticas hambrientas de poder y gobiernos totalmente corruptos.

Hemos dicho en esta columna, varias veces, que Donald Trump no es un ideólogo ni mucho menos un intelectual. Pero si bien podría decirse lo mismo de su antecesor republicano George W. Bush, Trump le suma a su ignorancia un desprecio absoluto por las normas democráticas, los usos y costumbres republicanos y un mínimo de decencia y compasión humanas que lo lleva a desarrollar políticas que solo pueden ser calificadas como crueles.

Esta calificación no responde a la subjetividad del autor, que como todo ser humano no pretende ser objetivo y el periodismo nunca lo es, si no al análisis frío de los actos de gobierno y lo que es mejor (o peor, según se lo mire) los propios dichos del Presidente.

Uno de los efectos más perversos del “trumpismo” (y que tendrá consecuencias internacionales, sin duda), como ideología y praxis del poder, ha sido que el jefe de la Casa Blanca puede mentir desembozadamente (el Washington Post ya le lleva contadas más de 10.000 mentiras desde el comienzo de su gestión) o afirmar que puede gobernar cinco mandatos seguidos sin que sea tomado “en serio”, porque, ¿quien en su sano juicio podría decir algo así? Es solo Trump siendo Trump, es un guiño a sus seguidores.

Pero su discurso, apenas veladamente racista, violento para con los opositores y descaradamente ultraderechista, está dando cabida y abrirá paso en el Partido Republicano a políticos y movimientos igual de inescrupulosos que, antes de abandonar el poder, preferirán abandonar la democracia.

Semanas atrás Nancy Pelosi, la combativa presidente de la Cámara de Representantes, no titubeó en afirmar que los demócratas necesitan de una victoria más que contundente en 2020 si quieren que Trump abandone el poder, por que sabe que el ocupante del Salón Oval hará todo lo posible para no abandonar el poder a sabiendas de que posiblemente sin la protección de la presidencia su futuro es, casi seguro, una cárcel.

Pelosi, que ha venido resistiendo los cada vez más vociferantes pedidos de las bases demócratas de llevar al juicio político a Trump, sabiendo que nunca pasará el Senado controlado por los obedientes republicanos, está enfocada en varias investigaciones del presidente y su entorno, sus declaraciones impositivas que mantiene en secreto y su rol en la obstrucción de la investigación sobre la ayuda que recibió de Rusia en las elecciones de 2016.

Trump ha decidido enfrentar a cal y canto los poderes investigativos y de control del Congreso poniendo a su Administración en un curso de colisión de poderes (un recurso típico de aquellos que Estados Unidos llamaba “dictadorzuelos”). Y como si eso fuera poco este lunes jugó en público con la idea de continuar su mandato mas allá del potencial segundo y ultimo que establece la Constitución.

Trump visitó Pensilvania este lunes para, parado frente al imponente Boeing 747 Air Force One, hablar ante una multitud de enfervorizados simpatizantes.

Parte de su tiempo en el escenario -no se puede negar que los discursos de Trump son un espectáculo, en toda la acepción de la palabra- se dedicó a martillar con la inmigración, uno de los que serán sus caballitos de batalla en las elecciones de 2020 (“¡No queremos que venga gente aquí! ¡Nuestro país está lleno!”).

El resto lo dedicó a divagar sobre lo que fuera que pasara por su mente. Por ejemplo, preguntó al público acerca del nuevo slogan de campaña. “¿Keep America Great o Make America Great Again?”, preguntó antes de pedirle a la audiencia que juzgara cada opción con un aplauso. “Keep America Great” (mantengamos Grande a América) ganó, superando al actual “make America Grat Again (hagamos grande de nuevo a America y su acrónimo, MAGA que se ha transformado en un distintivo de la ultraderecha vernácula.

Y Trump estuvo de acuerdo: “Me gusta porque venderemos muchos, muchos más gorros de esa manera”.

Para un observador desprevenido, es inevitable ver los actos de Trump y pensar que si este presidente decidiera descargar mañana una purga de “indeseables” o nombrarse a sí mismo “líder del pueblo”, millones lo seguirían a ciegas, y respondería muchas peguntas acerca de la sicología de masas. Lo que asombró al mundo en los años 30 -el culto del pueblo alemán siguiendo a un loco racista- parece, salvando las distancias, posible de repetirse en la segunda década del siglo XXI.

Es que los mítines de Trump también sirven para exhibir algunos de los impulsos más peligrosos del mandatario, como a principios de este mes en Panamá City Beach, Florida, cuando bromeaba sobre dispararle a inmigrantes en la frontera.

Su aparición de este lunes no fue una excepción ya que sirvió para mostrar a un Trump al desnudo y su innato autoritarismo. Tras acusar a los demócratas y al mismísimo FBI de traición (una acusación que en dictaduras y repúblicas bananeras ha servido para cualquier propósito) se regodeó con el enfervorizado canto de la multitud que coreaba el “Lock them up!” (enciérrenlos) casi como un canto de guerra.

Sonriente, con su audiencia en un puño, les recordó a sus simpatizantes que el procurador general William Barr está en su bolsillo, y que el nuevo jefe del Departamento de Justicia va a “darle una mirada de cerca” al encarcelamiento de los involucrados en la investigación de Rusia a los que considera traidores.

Como una rana en el agua caliente, que se va adaptando a la temperatura hasta que muere cuando llega a su punto de ebullición, los americanos se han venido ajustando a Trump y a su desprecio por las formas y el fondo de las reglas democráticas.

En su descenso a líder de una republiqueta bananera, Trump no dejó pasar la ocasión de decirle a su público que espera eternizarse en el poder (tal como lo advirtió Pelosi). En varias ocasiones ha “bromeado” sobre permanecer en el cargo por más de dos mandatos.

Pero el lunes dijo, sin sonrojarse, que “Vamos a tener un segundo [término], y luego vamos a tener otro”. “Los volveremos locos. Y tal vez si realmente nos gusta mucho, y si las cosas siguen como van, iremos y haremos lo que tengamos que hacer, y un tercer [término] y un cuatro, y un quinto”.

“Tenemos que vacunarnos contra eso, tenemos que estar preparados para eso”, le dijo Pelosi a The New York Times a principios de mayo, hablando de la posibilidad de que Trump se niegue a ceder el poder si pierde.

Dos días después de que el Times publicara los comentarios de Pelosi, Trump retuiteó una idea de Jerry Falwell Jr., su partidario más prominente en la comunidad evangélica que, se crea o no, ve a Trump como un enviado de Dios.

“Trump debería tener dos años agregados a su primer período como recompensa por el tiempo robado por este golpe de estado corrupto fallido” (la investigación sobre la interferencia rusa), dijo Falwell. A los intelectuales y políticos les parece que todo esto no son más que locuras de un grupo de extremistas, incluido Trump.

Pero no, estos tipos hablan en serio.

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