Basta al establishment político-empresario, el autor del fracaso argentino

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Más allá de lo lindo que es imaginar a todos los chicos argentinos con su computadora portátil conectados al mundo, la coyuntura nos exige ocuparnos en darles algo de comer, tanto como para que no mueran desnutridos. O no vivan desnutridos.

Ese es el horror, lo peor que le pasó a la Argentina en su historia: entregar el futuro a cambio de un presente paupérrimo. Nadie puede proyectar, y hacer planes es la parte de la vida que nos hace llevadero el presente, por duro que sea. La seguridad de que mañana será peor que hoy es desmoralizante y nos está carcomiendo la fuerza creativa; en la actualidad no solo la juventud pone su anoréxica expectativa en Ezeiza, última esperanza de un porvenir mejor con el altísimo costo de abandonar el país porque es el motivo de nuestra frustración, una experiencia sin duda desgarradora.

La casta dirigencial es la gran responsable de este monumental fracaso colectivo, una corporación político-empresaria que alimentó mutuamente sus privilegios a costa del resto con una miopía delirante. Ignoró y aplastó la potencia productiva de las clases medias y, mientras las esquilmaba, les pudría la cabeza con el relato tramposo de la justicia social y el reparto, siempre de lo ajeno.

Nuestros políticos, por acción u omisión, todos, y nuestros empresarios merecen el repudio unánime de la sociedad, si no la cárcel. Son autores y partícipes necesarios de la escandalosa ecuación de burócratas y hombres de negocio millonarios versus una población expoliada, empobrecida y embrutecida. Ellos, los que deciden el rumbo de la cosa pública desde lugares de poder, tienen que dar cuenta del desastre. 

Más allá de la deuda impagable que aumenta cada uno que desembarca en Balcarce 50, más allá de la pila de ministerios y organismos innecesarios que inventan para alojar a sus amigos, más allá del despilfarro indecente está el robo del futuro.

Por eso el establishment, ese que se junta a comer y se abraza en cuanto evento de beneficencia ellos mismos organizan, se irrita con los francotiradores que ponen en evidencia su hipocresía. Por eso ignoran y hasta tienen la cobardía de repudiar la titánica tarea de personajes como Javier Milei que, en soledad y sin sponsors, lleva en alto las ideas de la libertad a costa de su propia comodidad. Ese mal llamado “círculo rojo”, que si es por el color de sus intenciones debería identificárselo como negro renegrido, pone todo su empeño en sacarnos de la cancha a quienes tenemos la valentía de reclamarles en la cara por el daño que han hecho y siguen haciendo.

Es curioso que esos profesionales del canapé y la copa de champagne se espanten del lenguaje con el que les decimos que son una lacra y no de serlo. Son como las vedetongas de la TV que festejan, porque recaudan, exponiendo sin pudor el cuerpo y enloquecen si queda a la intemperie su ignorancia. La superficialidad es su planeta y allí nos llevan para erradicar del debate el fondo y quedarse con las maneras. Perversos. Hace décadas que les decimos con buenos modos que no sirven para nada y no resultó. Estamos probando otros métodos. Y sería bueno que reaccionaran antes de que a alguno se le ocurra levantar la apuesta.

Ellos dispusieron empalagar a las clases bajas de subsidios impidiendo que salgan de la indignidad para mantenerlos rehenes de sus políticas. Ellos decidieron el sistema prebendario para los poderosos, donde es cuestión de tener el WhatsApp del funcionario adecuado para resolver problemas millonarios. 

La clase media, la que mantiene a los políticos y a los planeros, está exhausta. Le robaron una y otra vez sus ahorros: los de su jubilación, los dólares legalmente atesorados, le roban a diario con la inflación y a través de una presión tributaria confiscatoria. El progreso le está vedado. La injusticia sobre el único segmento productivo de nuestra sociedad es indecente, inaguantable e inaceptable. 

Es hora de decirle “basta” a los popes del fracaso argentino. Llegó la hora de atender los reclamos de la clase media. No sigan tirando de esa cuerda.

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