Trump y el ataque en Nueva Zelanda: ¿Y a mí por qué me miran?

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Donald John Trump es un empresario inmobiliario de dudosa reputación e incomprobable éxito.

Es, y quizás más importante aún en el contexto histórico, una “celebridad”, un tipo que pasó 14 años en un programa de TV representando una caricatura de sí mismo, pero siempre fue famoso por ser famoso.

Es, todos los sabemos, el presidente de los Estados Unidos, dueño de una cuenta de Twitter con más de 50 millones de seguidores y acceso a los códigos secretos que permitirían destruir el planeta en un holocausto nuclear.

Y también, es un racista.

Uno de los peores efectos y consecuencias de su hasta ahora caótica presidencia no está relacionado con la corte de marginales de la política e incompetentes que lo rodea. Ni con la corrupción notoria y galopante de un mandatario que no se desprendió de ninguno de sus bienes y que sigue controlando sus intereses económicos desde el Salón Oval. Y ni siquiera con su extraña debilidad por hombres fuertes y dictadores sino con la validación que les ha otorgado a los grupos más extremos de la derecha nacionalista y supremacista blanca, en Estados Unidos y en el resto del mundo.

El auge del terrorismo de quienes invocan al islam para saldar cuentas políticas e históricas, la inmigración producto de una economía globalizada y también consecuencia de violencias y guerras regionales y, en general, de sociedades que están cambiando demográficamente a una velocidad nunca vista, han reactivado los virus dormidos del racismo a escala planetaria, especialmente en sociedades que se consideran “blancas”.

Tras la destrucción del nazismo en 1946, Europa pareció liberarse de aquel virus.

En Estados Unidos, el virus que causó una Guerra Civil con el objetivo de proteger la institución de la esclavitud y siguió reproduciéndose en los pintorescos pero letales miembros del Ku Klux Klan, bien entrado el siglo XX, había sido restringido a los recovecos más desprestigiados y oscuros de la política.

Hasta que llegó Trump.

El ahora jefe de la Casa Blanca basó su campaña electoral, en 2016, en la estigmatización de inmigrantes (sobre todo mexicanos), la demonización de todo individuo que le rece a Alá y el desprecio por lo que el llamó “países de mierda”, al referirse a Haití y a los africanos. Pero lo peor fue que les dio cabida y legitimidad a grupos extremistas, antijudíos, supremacistas blancos y anti-inmigración que, amalgamados en redes sociales y otros recovecos de Internet, encontraron en el candidato y después presidente un amigo y -podría decirse- un cómplice.

Uno de los momentos más bajos, entre muchos, de la presidencia de Trump ocurrió en agosto de 2017 en Charlottesville, Virginia, cuando la propuesta para retirar la estatua del general Robert E. Lee, al mando del Ejército Confederado esclavista derrotado durante la guerra civil, en el siglo XIX, desató una oleada de incidentes que culminó con una marcha de neonazis que marchaban cantando “los judíos no nos reemplazarán”.

Una persona murió y 19 resultaron heridas cuando un automóvil conducido por un supremacista blanco arremetió contra una multitud que protestaba en contra de la marcha de los neofascistas.

Trump, que tardó horas en reaacionar frente a este hecho, condenó tibiamente lo que llamó la violencia de “muchos lados” y -en lo que los neonazis siempre interpretaron como una validación y un guiño del presiente- agregó que en la marcha había “buena gente de los dos lados”.

Sí, en el flaco bagaje moral de Trump neonazis y antineonazis son equivalentes.

La masacre de 50 personas en Nueva Zelanda, ocurrida este viernes, es parte de las formas contagiosas en que se ha extendido la ideología de extrema derecha en el siglo XXI, incluso en un país que no había experimentado un tiroteo en masa desde hace más de dos décadas y que rara vez se lo ha asociado con la extrema derecha.

The New York Times lo definió perfectamente en una columna este sábado, en la que señala que Nueva Zelanda “puede estar a miles de kilómetros de Europa o los Estados Unidos, pero los videos del asesino muestran que estaba profundamente arraigado en la extrema derecha global, un hombre familiarizado con la iconografía, las bromas y los chismes de diferentes grupos extremistas de toda Europa, Australia y América del Norte, así como un nativo del ecosistema de extrema derecha on-line”.

En su manifiesto, publicado en redes sociales por el asesino en la mañana de la masacre, se considera un discípulo y compañero de otros supremacistas blancos. Obviamente, también aclamó al presidente Trump, llamándolo “símbolo de la identidad blanca renovada y el propósito común”.

Mientras vetaba la ley que daba por tierra con su declaración de emergencia para poder construir un muro anti-inmigratorio en la frontera con México, que el Congreso ha rechazado en varias ocasiones, un periodista le preguntó si consideraba al nacionalismo blanco una amenaza creciente.

“En realidad, no”, respondió Trump. “Creo que es un pequeño grupo de personas que tienen problemas muy, muy graves, supongo. Si miras lo que sucedió en Nueva Zelanda, tal vez ese sea el caso. Todavía no sé lo suficiente… Pero ciertamente es algo terrible”, completó el primer mandatario, nunca contundente a la hora de condenar el extremismo blanco de la misma forma que lo hace con el “islámico”.

¿Podría adjudicársele responsabilidad, al menos moral, por esta tragedia y, por otras de las mismas características, a Donald Trump?.

Es claro que el presidente no apretó el gatillo y que, de hecho, el manifiesto es un “quién es quién” de asesinos neonazis. El autor se inspiró también en Dylann Roof, el supremacista blanco que mató a nueve negros en una iglesia en Carolina del Sur en 2015, así como en Luca Traini, Anton Lundin Pettersson y Darren Osborne, todos los cuales llevaron a cabo ataques racistas en Europa en los últimos años.

Su ropa y sus armas también fueron cuidadosamente curadas. Llevaba un parche con un emblema utilizado por numerosos grupos neonazis de todo el mundo, incluso en Australia. Garabateado en su rifle había un credo nacionalista blanco popularizado por el terrorista doméstico estadounidense y neonazi David Lane. En su chaleco antibalas había un símbolo comúnmente utilizado por el Batallón de Azov, una organización paramilitar neonazi de Ucrania.

Y mientras transmitía en vivo el video desde su automóvil, sonaba una canción dedicada a Radovan Karadzic, un serbio responsable de la muerte de miles de musulmanes y croatas de Bosnia durante la guerra en los Balcanes, en los años noventa.

La ubicuidad de las redes sociales, así como la accesibilidad de sitios web como 4chan y 8chan, donde se congrega la extrema derecha, le permitieron sumergirse fácilmente en conversaciones extremistas.

El anonimato que facilita Internet a quienes fomentan el odio y sus posiciones extremas es el lugar ideal, además, para la reproducción del virus.

Un virus que no fue creado por Trump pero que seguramente ha encontrado en él y en su canal de Twitter un lugar para expandirse y reproducirse.

El virus, casi aplastado por los tanques del Ejército Rojo y del general George Patton en 1945, sigue vivo. Y tiene un aliado en la Casa Blanca.

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