La divertida tertulia de los Escalada

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El autor refiere en esta nota una anécdota hilarante de la Buenos Aires colonial, con un anónimo de consecuencias gravosas.

Nos referimos alguna vez a don Francisco Antonio de Escalada, con motivo de su obituario en La Gaceta Mercantil en diciembre de 1835, y quedamos en volver a ocuparnos de él. Este caballero tan serio y circunspecto tenía su morada desde su casamiento en 1776 en la calle de la Trinidad, hoy Bolívar, en la que no faltaban según el censo de 1779 una buena cantidad de esclavos para servir a la familia en su vida cotidiana y también en las tertulias, que ocupaban a los porteños desde la caída del sol hasta entrada la noche.

Tomando chocolate, mate, probando algunas dulzuras, así pasaban esos encuentros, donde también el comentario político ocupaba la atención de los contertulios, especialmente porque el dueño de casa estaba emparentado con el primer virrey del Río de la Plata, don Pedro de Cevallos, que alguna vez de seguro habrá concurrido a esa casa.

En agosto de ese año un detalle no menor fue a sacudir la tranquilidad, un anónimo pasquín dirigido al dueño de casa le encargaba que lo leyera en esa reunión. Por suerte se ha salvado el documento y lo ha publicado José Antonio Pillado en su libro “Buenos Aires colonial”. El 11 de agosto de 1779, la gente de prestigio de la ciudad se pasaba de mano en mano la copia de un papel anónimo que ponía en ridículo a varios personajes, incluso a señoras, mediante bromas y apodos subidos de tono.

Parece que ese día, entre las ocho y las nueve de la noche, estaban reunidos en lo de Escalada el abogado José Vicente Carrancio, Bonifacio de Aramburu, Francisco José Díaz Vélez, el notario Eufrasio José Boyso (alias “Siete pelos”), José de San Pedro Lorente, Manuel del Moral, Agustín Wrigth, Manuel del Cerra Sáenz, Manuel José de Labardén y el capitán de navío Pedro de Cárdenas, jugando a los naipes con los dueños de casa. De pronto se abrió una de las ventanas, y desde la calle alguien arrojó un sobre que, recogido por Lorente, se puso arriba de una de las mesas de juego. La anónima nota decía: “A don Franco Antonio de Escalada; suplico a V. la lea en su Tertulia y procure su publicación pasándola a lo de Zenzano”.

El abogado Carrancio se opuso a abrir el sobre porque quizás ofendiera el honor de la familia. Los contertulios opinaron lo mismo y alguno sugirió que se quemase de inmediato. Pero Carrancio guardó la carta en su bolsillo sin abrirla, prometiendo que de encontrar en ella algo de interés lo comunicaría a Escalada.

A la mañana siguiente, don Francisco Antonio recibió unas líneas de Carrancio; “La carta es un convite que se hace a la tertulia y es preciso que usted lo convoque para esta noche, pues no tiene otro objeto que reír un rato”. Y a la noche, ante los habituales visitantes de Escalada, se dio lectura a la serie de calificativos burlescos contenidos en el anónimo panfleto que ridiculizaba a conocidas personas bajo este rótulo: “Noticia individual de los sujetos y cosas que más chocan en esta ciudad de Buenos Aires”.

Los nombres de los individuos era el que sigue: “Ibañez el Majo” (Pascual Ibañez, Sargento Mayor de la Plaza); “lo fantasmón de León Altolaguirre”; “lo tieso de Velasco” (Sebastián de Velasco, oidor de la Real Audiencia); “la cara asustada de Zenzano” (el Escribano de Gobierno); “el sombrero y capa de bayetón de Otárola” (don José Antonio, militar); “la cabeza de Rodríguez de Vida” (don Antonio, un distinguido sacerdote); “la seriedad y coche de Maziel” (el canónigo Juan Baltasar); “lo bombo de Alvear” (Diego, entonces Capitán de Fragata); “el cagar y comer de Pepa Balbastro”; (María Josefa, esposa de Diego de Alvear); “Lo mentecato de Labardén” (Manuel José, autor de “Siripo” y de la “Oda al Paraná”); “la barriga y la chupa de Zamudio, Protector de Indios” (Juan Gregorio); “el desaseo de Andrea Balbastro y el sombrero blanco de Gálvez” (Andrea era hermana de la señora de Alvear, casada con Juan Gutiérrez Gálvez, dueño de una quinta en Barracas, al otro lado del Riachuelo, que se atravesaba por “el puente de Gálvez”); “la conversación y piernas de doña Bernarda Balbastro” (Bernarda Fernández de Agüero, esposa de Isidro José Balbastro y madre de las señoras de Alvear y de Gálvez); “la fachenda del Contador de Ejército, y las narices de su mujer” (Francisco de Cabrera, Contador también de la Real Hacienda y su consorte Josefa Ortiz); “la altanería del hijo de Azcuénaga” (don Miguel, futuro vocal de la Juntae); “los bucles del Coronel Portugués” (custodio de Saa y Farías, Coronel de Ingenieros). Y terminaba la satírica lista así: “el autor, examinada su conciencia con el mayor cuidado, dice, no halla que añadir ni quitar cosa alguna a lo relacionado, y lo firmó con parecer de su Acesor donde le dió la gana, a catinze días del mes de los Gatos del año del empuje; F. A. M. Triangulipicominatifis. Dr. Esternón”.

Los concurrentes a la reunión de Escalada hicieron copias de aquellas chanzas, que circularon divirtiendo a la gente. Pillado afirma que una copia del anónimo llegó a poder del virrey Juan José Vértiz, quien ordenó una investigación que condenó a Carrancio a tener su domicilio por cárcel, bajo pena de 2.000 pesos y el embargo de sus bienes, por presunto introductor del anónimo en lo de Escalada, ya que no se pudo probar que el papel fuera arrojado por la ventana. Y a los hermanos Escalada y a Agustín Wrigth se les señaló la ciudad por cárcel, bajo la misma pena de 2.000 pesos, por haber fomentado y consentido la difusión del escándalo. De poco humor, el virrey.

* Historiador. Académico de número y vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación 

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