Bolsonaro al poder en Brasil: neoconservador y ultraliberal

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En Brasil, el primer día de 2019 asume Jair Bolsonaro la presidencia con un país partido por la política y grandes expectativas de los mercados, que se entusiasman con el los pocos detalles conocidos de su programa ultraliberal en lo económico y neoconservador en lo político. Cien días para dar vuelta a la octava potencia industrial de Occidente.

El próximo martes 1º de enero, el primer día de 2019, el capitán de la reserva del Ejército de Brasil Jair Bolsonaro asumirá la presidencia y lo hará con un programa del que poco se conoce pero que no es difícil de avizorar: ultraliberalismo económico y neoconservadurismo político. Son aires de época, según se ve en gran parte de Occidente, con Donald Trump a la cabeza. 

El nuevo presidente, surgido de unas elecciones en las que derrotó al Partido de los Trabajadores (PT) de Luiz Inácio Lula da Silva, preso desde abril pasado por una causa de corrupción pasiva, apuesta por la creación de un nuevo régimen de trabajo con menos garantías para tratar de dinamizar el empleo. Una fórmula conocida.

Las dictaduras militares de los setenta aplicaron el mismo esquema: mínimos o ningunos derechos civiles y laborales, junto a una apertura indiscriminada de la economía. Los resultados fueron nefastos pero Bolsonaro y su equipo, en particular su ministro de Economía, Paulo Guedes, consideran que van a innovar en la materia. Deberán hacerlo desde el Ejecutivo porque la dispersión de bloques legislativos no les garantiza que sus reformas vayan a pasar por el Congreso.

Cuando Bolsonaro tome posesión una de las primeras medidas que ha prometido tomar buscará solucionar el problema del desempleo en el país, que roza el 12% de la población activa. El giro que propone supone una fuerte flexibilización del mercado de trabajo, sobre todo para los jóvenes. Y ya se anticipa que, en parte, es contraria en algunos artículos de la Constitución y al aún vigente Estatuto de los Trabajadores.

Su plan aún no ha sido detallado y, pese a la magnitud de los cambios que ha dejado entrever que tratará de aplicar, el programa con el que se presentó a las elecciones en octubre pasado apenas le dedicaba cinco líneas. Según Guedes, le corresponderá a cada joven optar por el régimen laboral que quiera: “La puerta de la izquierda tiene sindicatos, legislación laboral para protegerlo y cargas. La puerta de la derecha tiene contratos individualizados que no incluyen en principio ni cobertura médica ni pensiones”, anticipó. Se crearían, de esta forma, dos modalidades de contratación, todavía sin concretar.

Las nuevas modalidades de contratos modalidades que se pretende crear “no tienen cargas laborales y la legislación es como en cualquier parte del mundo: si te sientes molesto en el trabajo, acudes a la justicia y lo solucionas”, según adelantó Guedes. En la práctica, estos cambios crearían un régimen laboral paralelo y equipararían la legislación a las duras condiciones de los trabajadores informales, como ya admitió el propio Bolsonaro. Todo, dice, para que se puedan generar nuevos empleos. El slogan de siempre.

A diferencia de los dirigentes del PT, que pusieron el énfasis en las condiciones laborales, Bolsonaro puso el foco en el “tormento” que supone, a su juicio, ser empresario en Brasil: “Yo no quiero serlo; podía tener una microempresa con cinco empleados. ¿Y por qué no la tengo? Pues porque sé las consecuencias si mi negocio sale mal o si echo a alguien, entre otras cosas. Tenemos que cambiar eso”, afirmó en una crítica indirecta al fondo laboral con el que los empresarios ayudar a pagar las indemnizaciones. Habla de flexibilización, como en todo el resto de las economías capitalistas.

El presidente electo también fue a fondo contra la Inspección de Trabajo, encargada de vigilar los abusos laborales y el empleo de mano de obra infantil, entre otras irregularidades. “El Ministerio Público de Trabajo… Por Dios, vamos a ver si hay un ambiente propicio y solucionamos ese problema. No se puede seguir así: los que producen son víctimas de acciones de una minoría, pero de una minoría activa”, dijo. La desaparición de la cartera de Trabajo del nuevo organigrama gubernamental, ya anunciada, es otra potente declaración de intenciones sobre lo que está por venir.

Desde antes de la victoria de Bolsonaro ya se vislumbraba en el horizonte la llegada de nuevos tiempos con menos derechos para el trabajador brasileño, como una especie de remedio amargo para la creación de empleo. “Lo que el empresariado me viene diciendo, y yo comparto, es que los trabajadores van a tener que vivir ese día: menos derechos y empleo, o todos los derechos y desempleo”, opuso Bolsonaro.

Muchos economistas discrepan de la propuesta laboral del próximo Gobierno dado el actual escenario de crisis y la falta de inversiones. “Esa medida parte de un supuesto equivocado de que las contrataciones dependen del costo de la mano de obra. Las empresas no contratan porque sea barato o caro, sino porque la economía lo está demandando”, explicó Antônio Correa de Lacerda, profesor de la Pontificia Universidad Católica de San Pablo. “La solución es impulsar el crecimiento de la economía y no creer que un ajuste fiscal por sí solo provocará un aumento de la confianza. Lo que hace falta es inversión del Estado y financiar la actividad económica; eso es lo que genera empleo de calidad”, advirtió.

Ruy Braga, experto de la universidad estatal paulista, también coincide en que, en estos momentos, una flexibilización de los contratos no surtirá el efecto deseado. “El desempleo en Brasil es, hoy, una combinación de crisis económica y falta de trabajo para las empresas. Lo que crea empleo no es el abaratamiento de los contratos sino la inversión pública y privada”, afirma. “¿Por qué va a ampliar su fábrica un empresario que ni siquiera está usando toda su capacidad? Esta propuesta aumenta la desigualdad e impide que el motor del consumo pueda ser el dinamizador de la economía. No resuelve el problema de la inversión y agrava la situación al no ofrecer un aumento del empleo”, señala.

Además de no resolver la cuestión central, la coexistencia de dos regímenes laborales distintos crea un fuerte riesgo de inseguridad jurídica. “Para que él pueda proponer la creación de una ley así,  Bolsonaro tendría que aprobar una nueva reforma que abriera esa posibilidad”, anticipa Alexandre Chaia, economista de la Facultad Insper. “Esto puede provocar impugnaciones ante el Tribunal Constitucional; no es una idea sencilla de concretarse”, estima Chaia, que considera que la convivencia de ambos sistemas provocará procesos por “acoso moral” y otros problemas.

Este profesor tampoco cree que, en el contexto actual, este sistema vaya a generar más fuentes de trabajo. “En el momento que vivimos, incluso con contratos sin ningún tipo de carga, no habría necesariamente un aumento de contrataciones: sigue el nerviosismo en el mercado y las expectativas económicas no son buenas”, explica. “En otro momento económico y expandiendo el régimen a todos, podría tener sentido. Ahora no creo que pueda cambiar la situación laboral en el país: lo que lo solucionaría sería la construcción civil, el consumo, el comercio…”.

Brasil está saliendo lentamente de una recesión de tres años disparada por los escándalos judiciales derivados del Lava Jato, la causa por el pago generalizado de coimas de las grandes empresas brasileñas a casi todo el arco político. 

Bolsonaro ganó las elecciones de octubre basado en su ataque sistemático al sistema de partidos, con decenas de exfuncionarios y legisladores presos y condenados en esos expedientes, tanto del PT como de las demás agrupaciones políticas de centro y de derecha. El Partido Social Liberal  del nuevo mandatario, marginal en el escenario político brasileño, es uno de los pocos que no tiene a ningún dirigente involucrado.

Lula fue preso por haber recibido en dádiva un triplex en la playa de Guarujá y su sucesora, Dilma Rousseff, fue destituida en 2016 por haber “maquillado” las cuentas públicas para que cerraran. En ambos casos, los grandes medios de comunicación crearon las condiciones de condena social para que una judicial decantara por su propio peso.

La grieta brasileña es un dato consistente de la realidad. Bolsonaro no llega para cerrarla.  

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