Ortega: la dictadura de la (nueva) oligarquía

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El presidente nicaragüense y su esposa, Rosario Murillo, derivaron de su inicio revolucionario a un régimen que desató una de las peores represiones en la historia reciente del empobrecido país centroamericano.

El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, volvió al poder de la mano del voto popular, pero la rebelión que enfrenta en las calles con una represión sin antecedentes en la joven democracia de este empobrecido país centroamericano lo instaló como un líder autocrático que basa su mantenimiento en el poder en sus acuerdos con el empresariado local y el Fondo Monetario Internacional, con las Fuerzas Armadas como garantes de la estabilidad institucional.

Este esquema lo mantenía más o menos a salvo, pero larvada, por debajo, se cocinaba una crisis que explotó en los últimos meses y descubrió la verdadera cara de su gobierno. Cientos de jóvenes muertos en las revueltas callejeras, a manos de las fuerzas de seguridad, pusieron a Ortega entre la espada y la pared. Y hoy pocos dan en Managua certeza a cómo será la salida de la crisis: si con él adentro o afuera de la Casa de Gobierno. Y en qué condiciones.

Orden de salida. Este viernes, el Departamento de Estado norteamericano ordenó la evacuación de todo el personal no esencial perteneciente al Gobierno de Estados Unidos en Nicaragua por las protestas que azotan el país centroamericano desde hace más de dos meses y medio.

Washington ya había autorizado el pasado 23 de abril, poco después del estallido de las protestas, la salida voluntaria del personal no esencial y llamó a la evacuación de sus familias.

La orden de salida del país implica que en Nicaragua solo permanecerán el embajador estadounidense y algunos funcionarios de alto rango, que tendrán que “permanecer en sus casas y evitar desplazamientos innecesarios entre la puesta del sol y el amanecer”, así como evitar las zonas de Managua más afectadas por las protestas.

Tampoco podrán usar autobuses públicos y mototaxis, ir al Mercado Oriental de la capital o acudir a “clubes de caballeros” (burdeles) por todo el país para esquivar “la criminalidad”.

Como consecuencia de la salida de su personal no esencial, “la ayuda que la embajada de EEUU en Managua puede brindar (a sus ciudadanos) es limitada”, se advirtió.

El Departamento de Estado incluyó esta orden de evacuación en una nueva alerta de viaje para Nicaragua en la que mantiene la recomendación a los ciudadanos de su país de no viajar a la nación centroamericana.

Sobre la situación en Nicaragua, las autoridades estadounidenses advirtieron de que “fuerzas paramilitares controladas por el Gobierno, fuertemente armadas y vestidas de civil, operan en gran parte del país, a veces de a cientos”.

Estos grupos “están atacando bloqueos, secuestrando y deteniendo individuos, apoderándose de tierras de propiedad privada y cometiendo otros delitos”, acusaron.

“Las fuerzas controladas por el Gobierno han atacado a manifestantes pacíficos provocando un número significativo de muertes y lesiones. El saqueo, el vandalismo y los incendios provocados ocurren a menudo durante los disturbios”, reza el comunicado del Ejecutivo estadounidense.

“Los bloqueos de carreteras —añadió—, incluso en Managua y otras ciudades importantes, pueden limitar la disponibilidad de alimentos y combustible”.

Washington alertó también de que “los hospitales de todo el país están inundados de víctimas de la violencia y carecen de la capacidad para responder a otras emergencias”, así como de un aumento de la criminalidad debido a que las fuerzas de seguridad “se concentran en los disturbios”.

Las protestas en el país centroamericano, que empezaron el 18 de abril, dejaron ya un saldo de al menos 310 muertos, según organismos humanitarios. El Gobierno de  Ortega y su esposa y vicepresidenta, Rosario Murillo, son el blanco de las protestas, que comenzaron por unas fallidas reformas a la seguridad social y se convirtieron en un reclamo que pide la renuncia del mandatario después de once años en el poder, con acusaciones de abuso y corrupción en su contra.

El retiro del apoyo de Washington es un hito más de una serie de hechos que muestran el aislamiento paulatino -e irreversible- del régimen. Todo parece ser cuestión de tiempo.

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