Cumbre EEUU-Corea del Norte: Segundos afuera

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El martes tendrá lugar en Singapur la publicitada reunión entre Donald Trump y Kim Jong-un con el fin de dar fin a una confrontación de más de medio siglo que mantiene en vilo al sudeste de Asia.

Luego de usar Twitter para uno de sus habituales arranques de furia, esta vez contra sus principales aliados de las democracias occidentales, Donald Trump llegó en la mañana del domingo, ya noche en Singapur, para sentarse frente a frente con Kim Jong-un, el líder de una dictadura comunista con la que técnicamente su país sigue en guerra.

La cumbre del G7 de este fin de semana en Canadá terminó como se esperaba que terminara, con Alemania, Japón, Italia, Canadá, Francia y Gran Bretaña de un lado y Estados Unidos y su presidente del otro. Fiel a su estilo, Trump usó su cuenta de la red social del pajarito, desde el avión presidencial ya en vuelo a la cumbre con Kim Jong-un, para descargar su ira contra el primer ministro canadiense Justin Trudeau y para decir que su país no firmaría la declaración final.

La cumbre ya había comenzado con el llamamiento de Trump a reincorporar a Rusia al G7/8 y en una pirueta de la lógica difícil de explicar, acusar a su antecesor Barack Obama por la “pérdida” de Crimea y la agresión de Moscú a Ucrania, antes de criticar a Vladimir Putin, presidente ruso y adalid de la reafirmación nacionalista y territorial del viejo país de los zares.

Las escaramuzas comerciales, con una incipiente guerra de tarifas que puede culminar en una escalada que conduzca al mundo a una recesión global, las divergencias creciente -ideológicas y políticas- en la alianza atlántica, el abandono por parte de Estados Unidos de acuerdos como el del clima firmado en Francia o el nuclear con Irán y la posible demolición del NAFTA forman parte de la visión de las principales espadas de la extrema derecha estadounidense que creen que su país ha sido un país del que otros se han “aprovechado” y que ha llegado la hora de saldar cuentas con los que han vivido a expensas de la generosidad de Washington.

Lo que Trump y su pequeño séquito de ideólogos ignoran -algunos como el presidente porque no son proclives a conocer la historia, otros por ceguera política- es que el entramado de acuerdos comerciales, organismos internacionales, acuerdos de defensa mutua como la OTAN y el dólar como moneda de intercambio casi universal fue lo que le permitieron a los Estados Unidos ejercer el control fáctico de un imperio pero a un costo mucho más bajo si después dela segunda guerra mundial hubiera intentado sostener un imperio de la forma tradicional, digamos a la romana.

Permitiendo cierto nivel de soberanía y a veces pagando por la seguridad de países como Japón, Corea de Sur e incluso de Europa, Washington se aseguro décadas de “pax estadounidense” que para mal o bien mantuvo al mundo relativamente estable después de la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial.

Una de las consecuencias, por ejemplo, de la fortaleza de dólar como moneda de intercambio mundial es el consecuente desequilibrio en la balanza comercial. Un dólar fuerte implica importaciones mas baratas y exportaciones mas caras. Economistas de todas las escuelas entienden este principio básico, pero no Trump quien en su visión de suma cero ahora arremete contra sus aliados por lo que considera desequilibrios comerciales como consecuencia de la perfidia de sus aliados y no de la utilización del dólar como medio de intercambio.

Ese marco de relativa estabilidad es el que Trump esta tratando de demoler sin que este muy claro con que lo quiere reemplazar, y es en contexto que el lunes a la noche (hora del Este de los Estado Unidos) o en la mañana del martes en Singapur se sentará frente al líder de un país que por mas de 60 años estuvo fuera del marco descripto anteriormente y que se ha ganado un lugar en la mesa de la discusión con el líder de la única superpotencia global a fuerza de pruebas nucleares.

Antes de sentarse frente a frente, el joven Kim ha ganado un prestigio y reconocimiento (sobre todo a nivel interno entre su sufrida población) no imaginado jamás por su abuelo Kim Il-sun, el líder comunista fundador de la Republica Democrática Popular de Corea, y su padre, el reclusivo Kim Jong- il.

Este logro se lo ha otorgado el impredecible Trump, quien aceptó la idea de una cumbre propuesta por Corea del Sur hace dos meses sin consultar a su equipo de seguridad nacional, decidió cancelarla hace dos semanas enojado por un comunicado de la cancillería norcoreana y que volvió a ponerla en la agenda por razones nunca explicadas, mas allá de que como muchos suponen la reunión será “un momento Trump” por excelencia: altos ratings, las cámaras y la atención del mundo puestas en él y la posibilidad de hacer historia aunque no esté muy claro qué puede surgir de la reunión.

El septuagenario presidente ha dicho que no necesitaba prepararse para el encuentro y que en menos de 15 segundos, al estrechar la mano de Kim, sabría si de la reunión saldría algo bueno o no gracias a su “intuición y conocimiento de las personas”.

Lo que está en juego es el fin de la guerra de Corea, la desnuclearización de la península, la estabilidad y seguridad de Japón y Corea del Sur y las pretensiones hegemónicas de China en el sudeste asiático, y la latente posibilidad de que si las cosas terminan mal toda la puesta en escena concluya en un holocausto nuclear, demasiados temas para dejarlos librados al instinto y la intuición, pero este es el mundo en el que vivimos.

Al menos mientras “El Donald” ocupe la Casa Blanca.

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