De Angelis, patriarca de los historiadores

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El último libro del académico Bernardo Lozier Almazán bucea en la trayectoria de este napolitano “arrojado” a las playas del Río de la Plata por las revoluciones europeas. Una excelente semblanza de un personaje injustamente olvidado.

Pocos personajes de la historia argentina han sido más olvidados y -consecuentemente- menos reconocidos que Pedro de Angelis, un intelectual napolitano que llegó al Río de la Plata en 1827, “arrojado por la ola de las revoluciones europeas”, según afirmó Ricardo Rojas.

Contratado por el entonces presidente Bernardino Rivadavia, que lo había conocido en París, al poco tiempo De Angelis se quedó sin contratante por la caída del gobernante, y solo en una ciudad cerril, atravesada por odios y conspiraciones variopintas, a partir de lo cual sufrió una ristra de penurias tironeado por las disputas salvajes por el poder de entonces.

Adelantado profesional de la edición, está claro que debió ganarse la vida con eso pero atravesado por los vaivenes políticos de la época, que derivaron en un cuarto de siglo en el que Juan Manuel de Rosas fue protagonista indiscutible. Para él trabajaría De Angelis mientras construía una biblioteca indigna del desierto intelectual en el que se desarrollaron las primeras décadas de la historia argentina.

A su incansable tarea de historiador se debe la recopilación de decretos y resoluciones de las primeras décadas patrias, sin la cual no contaríamos con ese acervo clave para cualquier nación.

Un libro sobre los aportes de De Angelis a la historia y la cultura locales comenzó a distribuirse en Buenos Aires. Sammartino Ediciones volvió a publicar al académico Bernardo Lozier Almazán, esta vez “Pedro de Angelis – Cronista de Juan Manuel de Rosas, patriarca de los historiadores argentinos”, que es un inestimable aporte a la iluminación de la trayectoria de un hombre que se adelantó a su tiempo de varias maneras.

A lo largo de más de 200 páginas, Lozier desgrana una historia de la historia. Revela un personaje digno de una película (Hollywood no se lo hubiera perdido). Liberal convencido, el emigrante del Reino de las dos Sicilias abrazó la patria rioplatense y la defensa de su soberanía como casi nadie, salvo el propio Rosas, quien capitalizaría sus conocimientos del Derecho Internacional de la primera mitad del siglo XIX para sostener disputas territoriales con Chile y con las dos grandes potencias navales de aquel entonces, Inglaterra y Francia. Fundamental resulta señalar su notable aporte a la causa por la soberanía sobre las islas Malvinas: en la documentada doctrina De Angelis, que advertía sobre la continuidad jurídica y la unidad territorial de las colonias independizadas de España, se ha basado toda defensa posterior de nuestros intereses en las islas del Atlántico Sur.

En el prólogo a la obra de Lozier, el historiador Ignacio Bracht remarca que el autor no se limita a exaltar la figura de Don Pedro “o meramente enumerar la vasta producción de su iluminada pluma”. Las dos cosas pueden encontrarse en otros antecedentes que sí menciona, pero el libro refleja una vida atormentada por infortunios e ingratitudes, “algo natural en nuestro suelo”, como subraya Bracht con justicia.

Como profesional de la palabra, De Angelis trabajará con Rosas editando las páginas de La Gaceta Mercantil o las del Archivo Americano, una publicación muy elevada para la Confederación, en la que volcará -en inglés, francés y español- trabajos fundamentales para sostener la imagen del naciente Estado argentino en un mundo convulsionado y los derechos de ese Estado frente a las potencias extranjeras.

Por las penurias económicas que debió enfrentar, De Angelis debió vender su biblioteca a Brasil ya que el gobierno argentino desistió de comprarla cuando era un tesoro bibliográfico y documental. Esa biblioteca fue la base del hasta hoy existente Instituto Historico y Geográfico del país vecino. Por otra parte, algo que se conoce sólo en el ámbito de los estudiosos, a pedido de Justo José de Urquiza, De Angelis redactó un proyecto de Constitución que competiría con el de Juan Bautista Alberdi, que tras la caída de Rosas estaba en alza cuando nuestro hombre era un sobreviviente del “anciene regimen”.

Como bien señaló Bracht en la presentación del trabajo, en la sanisidrense finca y museo de “Los Ombúes”,  De Angelis fue mucho más que un letrista del rosismo. Y esto es lo que resume el libro de Lozier en un trabajo de casi una década que empieza a hacerle justicia al protagonista, que no tiene un busto, una cortada o una plazoleta en Buenos Aires, la ciudad donde murió en la miseria y calumniado, incluso por muchos ex rosistas, que se las arreglaron para acomodarse a la nueva realidad política tras la caída del Restaurador de las Leyes.  

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