La escritora Andrea Rabih murió el 10 de noviembre de 2001, con apenas 34 años, y dejó inéditas una serie de cuentos y una novela que fueron durante una década el secreto mejor guardado. La editorial Eduvim vino a saldar esa deuda con "Obra completa".
La escritora Andrea Rabih no necesitó de muchos años, ni de la marquesina de los suplementos culturales, para dejar una marca en la historia de la literatura argentina actual. Comenzó a publicar sus poemas en antologías estudiantiles dela Facultadde Filosofía y Letras dela UBA, en los años ’80, sus relatos en revistas de culto en los ’90 y se consagró enla PrimeraBienalde Arte Joven, con cuentos que está ya en el imaginario de muchos lectores como “Claramente dormida”.
Luego de obtener el concurso de cuentos Eva Perón con “El polaquito”, la editorial Simurg publicó en 2000 su libro de cuentos “Cera negra”. Sólo un año después, el 10 de noviembre de 2001, falleció… Hasta aquí una biografía.
Ahora bien, esa conclusión dolorosa para su familia, sus amigos, sus compañeros de estudios y sus colegas tuvo un segundo final: en la computadora de Andrea Rabih había quedado archivada una carpeta con cuatro relatos (que bien pueden ser leídos en contigüidad como una novela) bajo el título “Melanoma”. También había una carpeta con una nouvelle llamada “Todos contentos”. Ambos textos fueron terminados días antes que un cáncer la matara.
Más de una década después, cuando muchos de sus relatos pasan de mano en manos a través de fotocopias, la insistencia del escritor Carlos Gamerro logró que la editorial “Eduvim”, en una colección dirigida por María Teresa Andruetto, publicara “Obra completa”, aunque sea “incompleta” a la fuerza porque fue ignorado un género que Rabih cultivaba: la poesía.
El libro reúne en un tomo el libro “Cera Negra” y los manuscritos inéditos de “Melanoma” y “Todos contentos”, con un excelente prólogo del propio Gamerro.
Obra. A esta altura, hay poco para decir de “Cera negra”, salvo que además de representar los primeros escarceos de Rabih con la narrativa y, por ende, exhibir algunas tentativas mejores que otras, es un libro “de clase” en varios sentidos: está muy bien escrito, utiliza los sociolectos habituales en Recoleta, Barrio Norte y Palermo, y sus personajes pertenecen a un sector social que se preocupa por su belleza personal y por manifestarla.
Como si practicara una revancha íntima contra su propia clase, Rabih la muestra banal y a veces superflua, pero aun así justifica que con materiales fútiles se puede hacer una literatura singular.
“Melanoma”, en tanto, es una literatura del yo en otro sentido: sin un solo rasgo de conmiseración hacia sí misma ni hacia los protagonistas de su verdadera historia: su familia, sus médicos, sus padres, esta escritora narra el calvario de saber que el melanoma ha devenido metástasis y también muerte… Como propone el prologuista, se necesita “un lector tan feroz como ella” para no caer en el dolor de su pérdida.
Sin embargo, no existe –y si existe está muy bien disimulado por su narrativa- ni un golpe bajo que nos lleve a pensar: “pobrecita”. De hecho, uno puede leer la serie de relatos sin saber nada de la autora y disfrutar de un texto fuertemente poético. A pesar de todo.
En cambio, la novela “Todos contentos” es una contracara perfecta de “Melanoma”. Un hombre, con un estado de salud inmejorable pero una vida abrumada de rutina, se muda al barrio chino de Belgrano y halla allí lo que buscaba: un giro fundamental.
Eugenio, el protagonista, se traviste, pero no se vuelve mujer, ni loca callejera, ni payaso… Se vuelve chino y así comienza a disfrutar por una vez de la vida, aún como un oscuro bibliotecario de una oscura biblioteca estatal. El absurdo, que ya hemos visto en escritores como Copi o Macedonio, se presenta aquí como un deseo despiadado, como rebelión contra un mundo que asfixia. Acaso no es casual que esta novela haya sido escrita al mismo tiempo que “Melanoma”.
Salir de la asfixia por el absurdo, parece ser, muchas veces el programa literario de Rabih.